miércoles, 7 de diciembre de 2016

La poderosa y alucinante neofiguración (¿o abstracción?) de Ángel Guzmán

Ángel Guzmán, “La Suerte de la Cuerda” / Foto suministrada


Por Lic. Luis Cotto Román / Abogado de una firma legal en Puerto Rico,  coleccionista y amante del arte.

Recuerdo el inicio de 2004 como una etapa memorable en que mis sentidos despertaron de manera decisiva al deleite que produce la apreciación de las artes plásticas.  Una sucesión de eventos no imaginados, y demasiado coherentes y concatenados para ser despachados como mero producto del azar, desembocaron indefectiblemente en una relación de amor con las artes plásticas que, mirando con ojo retrospectivo, puedo concluir que seguramente no se hubiera gestado si tres eventos de fundamental importancia no hubieran concurrido en ese momento. Primero, paseaba por los pasillos de un importante centro comercial de la Isla cuando me topé con la pintura de un paisaje que, por razones misteriosas e inexplicables, acaparó toda mi atención y generó en mi interior la imperiosa necesidad de adquirirla.  Luego de pagar por dicha obra lo que para mí era la inimaginable cantidad de $800, por primera vez había puesto mi dinero en una obra de arte.  El magnetismo que ejerció sobre mí dicha pintura fue tal que me hizo romper esquemas sin previo aviso, pues era yo de esas personas que no podía concebir que se pagaran cantidades significativas de dinero (y para mí $800 ciertamente lo era) por una obra de arte.  La apreciación de las artes plásticas había sido hasta ese momento para mí un escenario que nunca me había planteado, lo cual me confrontó entonces con una sensación foránea de querer convivir con una obra que sentía no podía dejar escapar.

Como suele suceder cuando se asienta en nuestro ser el germen de una pasión, tal adquisición desató un ansia por descubrir un mundo hasta entonces desconocido, y con el cual quería ponerme al día para recuperar los años perdidos en los cuales ignoré por completo los deleites que podía producir.  Dos eventos adicionales coincidieron temporalmente en nuestro ámbito artístico en el preciso momento en que experimenté ese encuentro inicial con las artes plásticas.  Presencié dos exposiciones que dejaron una profunda huella en mi sensibilidad y sellaron lo que se convertiría en una afición rayana en la obsesión.  La primera, la exposición retrospectiva “Las Formas de la Existencia”, en el Museo de Arte de Puerto Rico, de la figura señera en el arte patrio de Augusto Marín.  La segunda, la elegante y subyugadora  exposición “El Parto de las Musas”, de Ángel Guzmán, en la hoy desaparecida La Casa del Arte, del respetado y querido galerista/amigo Guillermo Rodríguez.

Ángel Guzmán, “Rembrandtza”, 
/ Foto suministrada

Quizás fue la accesibilidad que me representaba dicho recinto, y la calidez con que me tratara Guillermo, quien con paciencia contestara mis preguntas más rudimentarias y entablara conmigo largos diálogos sobre arte antes de que me atreviera a efectuar una próxima adquisición, lo que provocó que visitara varias veces su galería para repetidamente degustar la exquisita congregación de magistrales y poderosos lienzos de este artista desconocido para mí.  Mi visita inicial a La Casa del Arte, puedo recordar, fue un sábado en la tarde cuando atravesé sus puertas para encontrarme de frente con  la obra de Ángel Guzmán, quedando irremediablemente embelesado y absorto en los hechizantes y seductores lienzos que conformaban “El Parto de las Musas”.

Es tarea en extremo difícil recoger en códigos linguísticos una descripción medianamente acertada del estado de alucinamiento visual y sensorial que me produjeron sus portentosas telas cargadas de esos distintivos trazos guzmanezcos, a veces indómitos, a veces sutiles, pero consistentemente cargados de una gestualidad y una expresividad muy propias que lograban el efecto de apoderarse del lugar y capturar los sentidos del espectador.  No podía identificar la razón por la que su obra ejercía un poder visual tan avasallador y por qué apeló de un modo tan directo a mis emociones, pero lo cierto es que esos trazos quedaron impregnados en mi memoria e hicieron inevitable que alimentara mi gusto por las artes plásticas. Sin lugar a dudas, puedo afirmar que la combinación de las exposiciones de Marín y Guzmán, vistas en sucesión, abrieron mis ojos y mis percepciones a una dimensión que no imaginaba, mas fue particularmente el arraigo de la obra de Guzmán en mi siquis, salpicado por las largas conversaciones con Guillermo y el siempre recordado amigo ya fenecido, Andrés Marrero, de la vecina Galerías Prinardi, lo que me aferró desde entonces al maravilloso universo de las artes plásticas.

“El Parto de las Musas” fue un referente impactante y representativo de lo mejor que me podía ofrecer este mundo recién descubierto. Puedo evocar vívidamente la hermosa luminosidad de “La Suerte de la Cuerda”, reinterpretación que Guzmán hiciera de la legendaria obra de igual nombre de Osiris Delgado.  Sus blancos, verdes, amarillos y ocres inundan la tela y embriagan los sentidos, pues una figura blanca geométrica central, revestida de misteriosas e intrigantes veladuras, queda inmersa en un mar de resonantes y agresivos verdes, y unos rectángulos en rojo terracota diestramente trabajados hasta alcanzar un convincente efecto de rusticidad con efectivas alusiones prehispánicas en la tela. La sutil figura geométrica central se ve rodeada por una pincelada fuerte, libre y expresiva. 

Ángel Guzmán, “Midas”, / Foto suministrada

No menos memorable fue mi encuentro con “Rembrandtza”, la cual recuerdo fue colocada a la entrada de la galería y podía ser avistada desde la calle, a través del cristal, en todo el esplendor de sus dorados, marrones, y la estilizada figura central que dominaba el lienzo, ejerciendo su magia aún dentro de la más insondable oscuridad, con cierto aire tenebrista, pero matizada por unos destellos de luz que místicamente la iluminaban desde adentro.  Sencillamente, ¡sublime!  La majestuosidad de “Midas” no tenía parangón.  “Midas” es una pieza de una hermosa paleta, composición compleja y múltiples elementos que brillan con seductora luz, evocando la mítica figura del Rey Midas, quien, según la leyenda, convertía en oro todo lo que tocaba.  Fue precisamente esta ultima pieza la que inspiró el título “El Nuevo Midas del Caribe”, con que Nadia R. Chaviano Rodríguez, escribiendo para El Nuevo Día, se refirió a Guzmán al reseñar esta memorable exhibición.  Chaviano Rodríguez expresó en la referida reseña que Guzmán “…se alza con una fuerte voz dentro del concierto del abstraccionismo en su tierra y en la región caribeña”. 

Las frecuentes visitas a La Casa del Arte permitieron que coincidiera con el artista y forjara una amistad con éste que perdura al día de hoy, y la cual me enorgullece.  He visto a través de los años la sucesión de obras maestras salidas de su caballete, oriundas de las profundidades de un espíritu imbuido de amores, desamores, preocupaciones, nostalgias, indignación, rebeldía, pasión, y todo un cúmulo de emociones humanas que se agolpan en su pecho, pero que emergen hermosa y tangiblemente ataviadas del expresionismo más poderoso, elegante, sobrecogedor y palpitante que artista alguno haya sido capaz de producir.  No importa el tema seleccionado, Guzmán lo materializa plásticamente con absoluta convicción y exquisita capacidad expresiva, derramando su alma en la tela y desplegando toda la extensión de su talento, como sólo puede hacerlo  un virtuoso de la plástica. 



Ángel Guzmán,  “Ciclistas”/ Foto suministrada

La afición de Guzmán por el ciclismo se ve elegantemente exaltada en pinturas como “Ciclistas” y “La Caída del Ciclista”.  La heroicidad con que trabaja el tema transmite con completa credibilidad la naturaleza de las luchas y las pasiones que estos hombres y mujeres exhiben en las carreteras de nuestra Isla.








Ángel Guzmán, “La Caída del Ciclista”/ Foto suministrada

La belleza y sutileza con que Guzmán trabaja el referente en estas telas invita la más respetuosa contemplación incluso de quienes pudieran no sentir una particular afinidad con el tema.  La energía y el movimiento que emanan de estas telas se ven, sin embargo, suspendidas poética y líricamente en el manto cromático que utiliza para circundar las figuras de los ciclistas en ambos cuadros.

Alguien dijo en alguna ocasión que el secreto del buen arte estriba, no en representar un objeto bello, sino en representar bellamente un objeto.  Guzmán hace suya esta máxima como ideario e impone la singular estética de su quehacer sobre cualquier sentimiento de apego o desapego al tema escogido.






















Ángel Guzmán, “El Ministro” / Foto suministrada

El Ministro” es una pieza de poder avasallador en que se destaca la sobriedad del trazo en una confluencia de colores negros y amarillos, con los cuales comparte su protagonismo un llamativo círculo rojo que le sirve de balance y contrapeso, logrando una impresionante síntesis armoniosa en que formas y colores se conjugan para apoderarse de manera dramática y decisiva del espacio en que sea colocada. Más adelante, en el 2010, año de particular fecundidad creativa en que Guzmán convirtió el papel en su principal aliado, el artista efectuó lo que él mismo denomina “pintura de desquite”.  Situaciones particularmente difíciles y dolorosas se encontraban en ebullición en su alma, lo que redundó en la más profunda introspección, dejando como saldo obras como “Las Ánimas de los que Vivieron”.

Ángel Guzmán, “Las Ánimas de los que Vivieron” / Foto suministrada

  Esta obra, si bien luminosa y lejos de ostentar una aparencia lúgubre, tal cual refleja el dinamismo de sus formas orgánicas en movimiento y el balance producido por la combinación de marrones, verdes, azules, negros y pinceladas de rojo, es un intento de materializar lo que llama esa “comunidad necrófila” que ha sido olvidada y ha perdido su voz, pero la cual plasma de manera sugerida con atisbos de ojos, bocas, y extremidades, envueltas en un paisaje al que se integran como elemento consustancial del mismo y no pueden ser avistadas por nadie.  Hay gritos, alaridos de dolor, inconformidad y desesperación en medio de esa comunidad que ha perdido su corporeidad pero que, no por eso ha cesado de sentir y sufrir.  Le comento al artista al escuchar una explicación tan intensa y densa que veo las ánimas entremezcladas con la tierra marrón, la vegetación verde, y el azul marino.  Me riposta que muchas veces el artista escoge los colores por consideraciones primordialmente plásticas y no necesariamente animado por un pensamiento simbolista, pero reconoce el despliegue del inconciente del artista en la labor creadora y la pérdida del control sobre su obra una vez terminada, lo que parece legitimar mi interpretación y la de cualquiera que desee someterla a un escrutinio evaluador.

En su disertación sobre el tema de las ánimas, comenta Guzmán que lo mejor que puede hacer el artista es caminar a pie, pues sólo así se puede tener contacto real con las personas, pudiendo incluso advertir a seres humanos con sentimientos y emociones anestesiados cual si fueran zombies, lo que los convierte en ánimas corporeizadas que puede incluso identificar antes de la desmaterialización que eventualmente producirá la muerte.

Resulta revelador y en extremo interesante advertir cómo en años más recientes, la obra de Guzmán, si bien ha mantenido su elegancia y presencia, ha experimentado a la vez una curiosa metamorfosis hacia una expresión más orgánica, libre, de trazos más cortos y fluidos, tendiendo hacia una paleta más brillante que la utilizada en antaño, y con un cada vez mayor aire de espontaneidad en la pincelada.

La autenticidad de Guzmán en una obra que suele considerarse “abstracta”, pero que él califica de “neo-figurativa”, radica en gran medida en la manera progresiva y no deliberada en que fue llegando a esa nueva figuración (o abstracción), logrando en el proceso obras de innegable impacto, acentuado el mismo precisamente por la ambigüedad del referente que discurre entre el lenguaje realista y el abstracto. Ejemplo de ello es la pintura “El Jefe”, de un exquisito y poderoso expresionismo, en la cual aparece delineado un rostro ominoso sumido en la más profunda oscuridad, a través de la cual se puede detectar una profunda y escrutadora mirada. Libres trazos rojos y blancos son utilizados hábilmente por Guzmán para perfilar los contornos de un rostro cargado de misterio y profundos matices sicológicos, perpetuando en la tela el peso de la mirada de dicha figura. El camino hacia el lenguaje plástico que caracteriza a “El Jefe”, y hacia expresiones más abstractas de su obra, sin embargo, amerita un breve recuento.

Ángel Guzmán, “El Jefe” 
/ Foto suministrada

Siendo niño, Guzmán pintaba en Cataño con uno de sus seis hermanos, desarrollando un orgullo particular por representar de manera mimética los objetos sobre los cuales posaba sus ojos.  Recuerda con emoción su primer dibujo: una reinita.  Continuó dibujando para deleite de sus maestros de escuela, quienes le obsequiaban grandes cantidades de papel para que desbordara su creatividad en tan digno soporte. Fue en quinto grado que entró en contacto con la primera figura de impacto que canalizaría sus urgencias creativas.  “Mr. López”, como lo recuerda, era un maestro de matemáticas que también le impartía clases de arte y le elogiaba su creatividad.  Éste lo instaba a experimentar con materiales, efectuando Guzmán incluso obras en pintura y arena que recuerda con satisfacción.  Este maestro lo llevaba a competencias fuera de la escuela y, puede decirse, fue medular para instaurar en su mente un concepto de sí mismo como artista de sobrados quilates.  Si bien Mr. López falleció antes de que Guzmán ingresara a la Escuela de Artes Plásticas, la huella que dejó en el joven Ángel probaría ser imborrable, tal cual lo demuestra el espontáneo tributo póstumo que Guzmán le rindiera a su maestro. Hace aproximadamente cinco años, Guzmán entró a un negocio en el cual divisó la pintura de un paisaje que le evocó profundos recuerdos.  Luego de un breve momento en que su mente hurgó dentro de sus confines, emergió la figura del  querido Mr. López.  Guzmán le indicó al dueño del local que restauraría la obra libre de costo.  Así lo hizo y la devolvió a su dueño, con la honda satisfacción de haber honrado la memoria de una persona que supo cuidar el alma y la estima propia de aquel niño de extraordinario talento.

El acercamiento de Guzmán al estilo realista y costumbrista que caracterizaría la obra de sus años iniciales como pintor profesional, lo alcanzó como resultado de sus frecuentes visitas a una tienda de venta de materiales de arte en el Viejo San Juan.  Allí Guzmán quedó cautivado por pinturas de los hermanos Julio y Félix Medina, mayagüezanos que representaron magistralmente los temas del bodegón y el paisaje, proponiéndose Guzmán desarrollar un lenguaje plástico costumbrista similar al de los hermanos Medina.  Impactantes obras comenzaron a brotar de su alma y su pincel, captando con gran sensibilidad gestos, actitudes, y ademanes de seres humildes con que cohabitaba y compartía su cotidianidad, y a los cuales representaba con respeto y deferencia a su dignidad y bondad.  Basta una ojeada a unas pocas de sus obras de dicha etapa para advertir el amor y la consideración con que representaba a los sujetos de sus cuadros, capturando hermosamente su esencia y su alma, mucho más allá que los aspectos externos de sus figuras y del paisaje circundante.  En su encantador estilo realista, Guzmán plasmó en un cuadro la tierna escena de sus sobrinos frente a unas gallinas, una de las cuales es acariciada con dulzura por su sobrina.  También de esta etapa es un hermoso lienzo representando la escena de una mujer tendiendo ropa al sol, en que se percibe la frescura del ambiente representado, tal cual evidenciado por las sábanas que se mueven al compás del viento.  La mujer se muestra absorta en su tarea, mientras la vida del ambiente se ve acentuada por las gallinas que aparecen en primer plano y la vegetación al lado derecho del cuadro.


Ángel Guzmán, “Escena Campestre” / Foto suministrada

Explica el artista que su evolución hacia lo que llama una figuración distinta (o neo-figuración) no fue deliberada, sino parte de un proceso natural que se venía gestando por sus propias fuerzas dinámicas.  En la medida en que resolvía con mayor destreza y economía de esfuerzos y trazos sus problemas composicionales y anatómicos, fue entrando en un lenguaje cada vez menos mimético y realista, hasta que llegó al punto en que el referente seguía su proceso paulatinamente desintegrador, desembocando en colores y formas de un nuevo cuño que, según Guzmán, no son propiamente abstracción, sino una manera distinta de ver la figura y las formas.  Se reveló entonces lo que sería su lenguaje plástico; uno en el que la composición es central, tal como lo es para cualquier pintor académico.  Guzmán se considera un pintor académico que busca ordenar las formas y los colores de manera composicional coherente y efectiva, creando los pesos y contrapesos necesarios para el balance de la obra. Reconoce la seriedad de propósito que lo anima al ordenar los objetos como parte de una escena ideal.  Aunque no se considera pintor abstracto, entiende que, de calificársele como tal, prefiere ser conocido como un “abstracto con composición”.

Ángel Guzmán, “Niños con Gallinas” / Foto suministrada

Sin embargo, sabiendo que el dibujo es la espina dorsal de la buena pintura, Guzmán no cesa de dibujar paisajes, figuras, y representaciones de corte realista, pues aparte de ser esa su tradición, toma muy en serio su compromiso de no perder su línea y destreza artística, la cual no desea ver menoscabada por su alejamiento de los referentes tradicionales en sus lienzos.  Utiliza, además, dichas representaciones realistas logradas en finísimos dibujos para luego, al abordar el lienzo con su pintura, descomponer la figura y deformarla, insuflándole lo que llama su nueva figuración.  En este sentido, contrasta su quehacer con el de José Roberto Bonilla Ryan, abstraccionista que considera innato por su capacidad intuitiva para componer con colores.  Siguiendo esta línea de pensamiento, considera que muchas veces se agrupa dentro de los “abstractos”, de manera técnicamente incorrecta, a artistas que realmente producen una nueva figuración que, si bien alejada del mimetismo, no deja por eso de ser figuración.  En consideración a ello, identifica, dentro del Expresionismo Abstracto, a Willem De Kooning como un artista figurativo que trabajó una figuración no tradicional, y a Mark Rothko y Jackson Pollock como pintores esencialmente abstractos.

Independientemente de qué clasificación utilicemos para describir su obra, lo cierto es que Angel Guzmán ha desarrollado unos códigos plásticos tan personales y únicos que no los podemos asociar con los de ningún otro artista del patio.  Comparte características y rasgos con otros artistas locales que son, como él, calificados de pintores abstractos, pero logra un producto pictórico claramente diferenciable y caracterizado por su particular elegancia y sensibilidad.  Conjuga el lirismo de Hernández Cruz; el misticismo de Bonilla Ryan; la expresividad de Rosado Del Valle; y el ansia febril y agresiva de Rivera Rosa, pero lo hace de manera diferente y única.  No podría ser de otro modo, pues este artista considera que su pintura es él mismo, y que no puede dejar de expresarse como lo hace, sometiendo sus estímulos sensoriales e intelectuales a una manera de ser muy propia y singular.

Ángel Guzmán, 
“El Salvador”, / Foto suministrada

No puede dejar de destacarse en la producción de Guzmán su impactante y comprometida obra de contenido social.  Guzmán es un hombre de fuertes e indoblegables convicciones que convierte la tela en su foro de expresión para denunciar los excesos, atropellos y desmanes que sobrecogen su alma.  Es por eso que, a riesgo de ser considerado panfletario, utiliza su voz plástica para la denuncia dentro del más lúcido y coherente arte comprometido.  Indica que el artista debe tener compromiso y no claudicar en ese empeño, independientemente de la opinión que forjen de él quienes no alcancen a advertir la gravedad de lo que el artista debe denunciar.  

Define al artista comprometido como aquél que logra
 ver algo sustancial y digno de ser denunciado donde otros nada ven, descargando así su función de cronista de su época, tal como el amigo Andrés Marrero le aconsejara que actuara siempre.

Aunque contaba desde joven en su ideario con unas ideas muy fuertes hacia lo que podríamos llamar la izquierda, no es hasta que ingresa a la Escuela de Artes Plásticas que produce lo que considera su primera obra de contenido social y de denuncia.  Su nombre: “El Guerrillero de Paño Rojo”, colografía que ejecutara en la clase de la Prof. Isabel Vázquez.  A ésta se sucedieron otras, como el grabado en metal “Vieques”, que presentaba a un pescador en su batalla contra la Marina. Con los años surgió la pintura “El Salvador”, la cual presenta el cadáver de un hombre dentro de una humilde casa, frente al cual llora desconsolada su esposa, mientras en el exterior de la residencia familiar se divisa a miembros del ejército de El Salvador que recién habían ultimado al hombre.  Años después, la pieza “Chatarra Tóxica en Vieques” denunció la basura tóxica dejada por la Marina de los Estados Unidos en suelo viequense y, en época más reciente, su pintura “Los Niños Rojos de Gaza” levanta su voz de protesta ante el genocidio en suelo palestino y lo que entiende como la indiferencia generalizada ante tan dolorosa situación.  En esta conmovedora tela surgen nuevamente las ánimas de los niños fallecidos, como espectros impregnados de sangre y expresando el dolor y terror de la violencia del evento.


Ángel Guzmán, “Los Niños Rojos de Gaza”, / Foto suministrada

Las reflexiones de Ángel Guzmán que he tenido a bien presentar ante la consideración del lector responden, primeramente, a mi deseo de evocar ese momento estético decisivo que instauró el arte puertorriqueño de manera irremediable en mi mundo interno, de lo cual he derivado grandes e inconmensurables placeres.  De no haber sido por el impacto de la obra de este extraordinario pintor, no estaría doce (12) años después plasmando por escrito estas reflexiones.  Se erige, sin embargo, como objetivo personal de central importancia, traer ante la consideración del lector la figura de Ángel Guzmán, pues es mi vehemente deseo que un virtuoso de la plástica como Guzmán no pase desapercibido en los anales de la historia del arte puertorriqueño. Hace algún tiempo, ya adquirido un mayor grado de madurez como coleccionista y amante del arte, me propuse contemplar el arte con los ojos y el alma toda; no con mis oídos.  Me cansé de discursos cargados de invitaciones a adquirir piezas que constituyeran una buena inversión, cuando muchos de los artistas que se me invitaba a considerar bajo dicho criterio no resonaban en modo alguno en las honduras de mi alma.  Cuando advierto, tantos años después de mi encuentro inicial con la obra de Guzmán, que ésta no ha perdido para mí un ápice de su impacto y belleza, y que al quedar absorto ante su ejecución plástica lo menos que acaricia mi mente es el grado de notoriedad del artista o el estado de su mercado, no puedo más que concluir que he tenido la dicha de conocer un talento histórico que merece ser conocido y apreciado de manera amplia.


Hay ocasiones en que, sin mayores elementos de análisis, sino por pura intuición y por darnos la oportunidad de escuchar las voces del alma, sabemos que estamos ante una figura que ha escrito un capítulo importante en nuestro quehacer cultural.  Puede que la historia oficial aún no lo haya registrado en las letras doradas que su importancia cimera justifica, pero dicha omisión no minimiza en modo alguno el poder, la energía, la sublime belleza, elegancia y el derroche de emociones que produce en el alma humana un lienzo de Ángel Guzmán.

  !Enhorabuena, amigo!

Para más información sobre la obra de Ángel Guzmán, puede visitar la Galería Aníbal Soto, ubicada en la Avenida Roosevelt, Esq. César González #353, Hato Rey, Puerto Rico, o comunicarse al (787) 281-6184.

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